OCA amanecer

En busca de la comedia perfecta

Escrito por: Fernando Gracia Guía

Los informativos del pasado diciembre recogieron la noticia: Blake Edwards, uno de los más grandes directores de comedia, había pasado a mejor vida. La otra vida, la pública, hacía ya unos cuantos años que la había dejado, y para el cine no era sino una reliquia del pasado.

Repasando su filmografía de alrededor de cuarenta títulos, desarrollada a lo largo de cinco décadas, lo primero que uno aprecia es que no solo cultivó el difícil género de la comedia, y que fue tan irregular como casi toda carrera que se precie. Pero en su haber uno encuentra un puñado de pequeñas joyas por las que con toda seguridad ya ocupa un lugar destacado en el universo del séptimo arte.

Lo suyo era escribir. En un principio colocó algún que otro guión, y uno de sus mejores textos lo acabó dirigiendo su amigo Richard Quine –“La misteriosa dama de negro”, con la hermosa  Kim Novak-, pero a finales de los cincuenta consiguió dirigir en solitario, alcanzando dos apreciables éxitos con “Vacaciones sin novia” y “Operación Pacífico”.

La década de los sesenta fue la de mayor éxito de Edwards, y curiosamente hasta el final de ella no dirigió una comedia, aunque fue un título que para bien o para mal le cambió totalmente la vida. En 1961 dirigió la adaptación de un relato corto de Truman Capote, una especie de comedia romántica, con toques dramáticos, que nos familiarizó en nuestro país, tan poco viajado entonces, con la joyería Tiffany’s de la Quinta Avenida.

El filme convirtió en un icono de la modernidad a la maravillosa Autrey Hepburn, Edwards coincidió para bien del cine con el compositor Henry Mancini, y la película ganó dos Óscars, numerosos otros premios y el corazón de los buenos aficionados.

Desde “La pantera rosa” nada fue
igual en la vida de Blake Edwards

En un derroche de ductilidad, sus siguientes películas fueron un thriller –“Chantaje contra una mujer”- y el tremendo drama sobre los estragos del alcohol “Días de vino y rosas”.

Tras estos títulos ya parecía claro que Edwards era un director que valía para casi todo –un hombre de la industria, dirán algunos-, pero en 1963 llegó hasta él un extraño proyecto: una comedia disparatada sobre unos ladrones de guante blanco enfrascados en el robo de una extraña joya. A priori, nada que pudiera llamar a entusiasmo. Pero el asunto se tituló “La pantera rosa” y a partir de ese momento nada fue igual en la vida de Blake Edwards.

Como suele ocurrir en la industria de Hollywood cuando se descubre una mina, ésta se explota hasta la saciedad. Y vinieron muchas secuelas, centradas en una figura que en la primera película no era sino un personaje secundario, el inspector Clouseau, hasta estar a punto de acabar con la buena impresión que Edwards suscitaba entre la afición.

Afortunadamente para su vida privada y para su currículo como director, apareció en su vida Julie Andrews. Cada uno de ellos arrastraba un fracaso matrimonial, pero acabaron por ser una de las parejas más estables y fructíferas del panorama cinematográfico. La dirigió en varias películas, hasta culminar con una obra maestra, “Victor o Victoria”, nueva entrega de un texto del que ya conocían versiones antiguas.

El título de este modesto artículo no es sino un guiño al de un gran éxito de finales de los setenta, que dirigió para mayor gloria de un bellezón del momento, de carrera efímera, y que fue un enorme éxito de taquilla; me estoy refiriendo a “10, la mujer perfecta”, con la sonrosada Bo Derek como objeto de deseo del diminuto y a veces inaguantable Dudley Moore.

Fue una lástima que la última vez que se puso tras la cámara fue para dirigir un engendro a beneficio de la imagen de Roberto Benigni, titulado “El hijo de la pantera rosa”. Menos mal que un par de años después aceptó dirigir a su esposa en la versión para Broadway de su “Victor o Victoria”. Fue también lo último que la gran estrella del musical pudo protagonizar, al sufrir poco después las secuelas de una desafortunada operación de las cuerdas vocales.

He dejado para el final la que puede que sea su comedia perfecta, aquella que acaban poniendo en los cursillos como ejemplo. La firmó en 1968, o sea cuando le faltaban más de cuatro décadas para dejarnos. Me estoy refiriendo a “El guateque”, con el genial y al mismo tiempo difícil de tratar Peter Sellers. Tanto uno como otro alcanzaron el cenit de su gloria. Aunque seguramente en aquel momento no eran conscientes de ello.

Tampoco buena parte de la crítica fue consciente de lo que tenía entre manos cuando se estrenó, y fue despachada por muchos como “otra comedieta más”. Ahora, cuando el nombre de Edwards aparece en los telediarios y las revistas especializadas se vuelven a ocupar de él, nos invita a ese “party” salvaje para que los que ahora se autotitulan directores de comedia vayan aprendiendo.

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