OCA GLACIACION

Artes y letras: Pequeñas mirillas

Escrito por Mikel Iturbe. Director de Heraldo de Aragón.

edificio heraldo

La emoción que descubre toda redacción de periódico discurre desigual. Los sentimientos se disfrutan impares, internamente, sin contraste ajeno, pero las noticias se viven en compañía, siempre afectadas por el conjunto cerrado y bien trabado que es una redacción.

Cada cual tiñe su vida de aquello que más le place, pero la engrasada maquinaria que es un periódico mancha y ensucia sin apenas conceder el tiempo necesario para atender el pequeño espacio que cada uno ocupa en las páginas del diario. Sin apenas tiempo, en ocasiones afectados por la distorsión de una pequeña mirilla que nos introduce en lo ajeno, las visiones de un periódico como HERALDO son fruto de viejas herencias y renovados hábitos. Pese a que muchos nos acusan de ahogar la realidad, de enajenar los mensajes para encajarlos a golpes en las cinco columnas que empleamos para dividir las páginas, con el tiempo hemos sabido destilar un fino licor de embriagadores sabores que afectan con suerte desigual.

En periodismo, donde la verdad no es una                                               y las percepciones deben conjugarse en plural

Existen noticias que rescatan aturdidos ánimos para convertirlos en airadas reacciones, pero también grandes y calientes escándalos que terminan por dormir plácidamente en diminutos rincones robados a la publicidad. Así se viaja por un periódico: rodeado de contradicciones y salvaguardado por lo que uno cree que le protegerá. Porque leemos lo que queremos e interpretamos lo que nos place para tratar de conciliar el sueño sin demasiadas peleas con nuestras propias sábanas.

Pero lo más placentero, aunque quizá lo más absurdo e incomprensible para todos aquellos que nunca pisaron una redacción, no sea otra cosa que la cariñosa bienvenida que ofrecemos al periódico recién impreso, al conjunto de retazos que ponderados y ordenados se convierten en un todo, en un producto al que se le pone precio y termina por colarse en cada uno de nosotros. Ese papel impreso, con sabor al primer café de la mañana, nos abre a un mundo donde lo cotidiano cobra una dignidad inusitada, y donde lo absurdo se desprecia por entenderse tan ruin como primario.

Cada cual tiñe su vida                                                                                    de aquello que más le place

Volar bajo siempre fue un riesgo. Cualquier piloto mínimamente forjado por las intensas horas de vuelo sabe que navegar visualmente, reparando en la orografía del terreno con la única ayuda de nuestros ojos, entraña un riesgo cierto. En el periodismo los riesgos son los mismos. Por ello, el contraste, el rigor, la confirmación y el obligado encuentro con nuestras fuentes de información nos diferencia a los unos de los otros. Supuestos hijos de un mismo padre, mantenemos  rasgos bien distintos los unos de los otros. Se nos encuentran rasgos similares y hasta parecidos que entroncan en nuestra forma de ser y actuar, pero no somos iguales.

De mecanismos agresivos, cargados de horas de trabajo y sujetos a un prolongado viaje que discurre por secciones conocidas, los periódicos somos un pedazo de algo mucho más grande y placentero: la propia vida. Negarnos a nosotros mismos o llegar a olvidar aquello de lo que estamos hechos es la mejor de las formas de traicionar aquello que decimos defender en nuestras páginas editoriales. El tiempo nos da y nos quita la razón, pero intuyo que de una forma mucho más justa de lo que nosotros mismos pensamos.

En periodismo, donde la verdad no es una y las percepciones deben conjugarse en plural, también es sano darse cuenta de que no todo es tal y como lo imaginamos, ni tan siquiera tal y como lo escribimos en las páginas de un periódico.

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